Esta semana en la revista literaria Letras Libres, Ana Garralón, publicaba un artículo, Retrato del reseñista adolescente, bastante desmedido y, a veces directamente absurdo, en el que, confundiendo crítica con reseña, desprestigiando un medio entero (medio y entero ¿lo pillas? Es bueno.) y atacando tanto a reseñadores en vídeo y a todos los que les siguen, la autora parece haberse despachado a gusto contra lo que parece ser un fobia personal. Aun así el fundamento del artículo toca de soslayo todos los clichés típicos de las discusiones sobre la crítica.

Si algo llama siempre la atención de los blogueros y booktubers es su desconocimiento de lo que es un crítico. Se les nota en que están continuamente excusándose porque no son «críticos literarios sino tan sólo lectores normales y corrientes». Como si los críticos fuesen Licenciados en Crítica, Doctores en Crítica, o mutantes nacidos con el gen CRYT1A (encargado de la codificación de la Criticina).

Pero no se puede culpar a esta juventud alocada de no saber qué es un crítico. Los propios críticos tampoco lo saben. Creen que sí; pero no lo saben.

En España, en español, el término crítica literaria se aplica tanto a la verdadera crítica, la académica (la universitaria, se dice academia porque hay gente que cree que hay más academia que la universidad. Y no. Son sinónimas en la práctica, y amiguitas en la teoría. No juzguemos.), como a las reseñas en suplementos y revistas culturales. Pero no es lo mismo. Aunque no lo sepan.

Sin entrar en definiciones lexicográficas inequívocas (o sea, hablando en plata), la crítica literaria se hace en revistas académicas, no la lee el público no especializado, no se encuentra en quioscos, tiene una extensión larga y, como no está destinada a sugerir la lectura de una obra, se puede permitir el lujo, y lo hace, de destripar el final de la obra (hacer todo-lo-que-es-el-spoiler), porque una crítica literaria tiene poco o ningún sentido si no se ha leído previamente el libro criticado. Además no tiene ningún formato, estructura o temática; podemos hacer crítica de las subjuntivas en Entre visillos, el papel de la mujer en las obras de Jenn Díaz, o simplemente analizar la última novela de Espido Freire. Para hacer esta crítica es necesario tener unos conocimientos literarios concretos; pero la realidad es que nadie que no los tenga se aventuraría a hacer este tipo de crítica literaria y, en cualquier caso, ningún medio que publica estas críticas se lo permitiría.

Las reseñas o recensiones, y por favor escojamos una de estas dos palabras y empecemos a darles vida, son muy fáciles de identificar. Una reseña es lo que todo aquel que la hace en este país se cree que es una crítica. Leamos la definición de crítica, pongámonos en la piel de un crítico y entenderemos la confusión.

Una reseña es un texto breve que está dirigido a personas que no se han leído el libro y quieren decidir si vale la pena leerlo o no. Repetimos: está dirigido a personas que no se han leído el libro y quieren decidir si vale la pena leerlo o no. No se han leído el libro aún. Quieren saber si vale la pena hacerlo. Están leyendo la reseña para tomar una decisión. Están buscando un consejo. Una reseña es un consejo. Para decidir si se lo leen o no. No se lo han leído. No saben si hacerlo.

Una buena reseña tiene una estructura, flexible, sí, pero hay unos elementos básicos que deberían aparecer en una buena reseña.

En una recensión (para los que hayáis escogido esta palabra en contra de mis preferencias) debemos explicar de qué va la obra, no recontar la sinopsis que para eso está la ficha técnica del libro, definir de qué va en realidad, lo que en estética literaria se llama el cañamazo (lo juro por mis muertos), hay que aclarar la calidad de la obra desde dos puntos de vista, primero el nuestro, y segundo, EL NUESTRO. No sé si me he explicado bien, pero lo aclaro: la calidad de la obra siempre, siempre, no a veces, siempre, no solo los días laborables, SIEMPRE, se juzga desde un punto de vista personal, subjetivo y transferible (porque si quieres le dices a alguien que opine como tú y ya está, has transferido tu opinión, Así, tan ricamente y sin gastar un euro).

Deberíamos, en una buena recensión, contextualizar la obra que recensionam…, recensamo…, reseñamos; esto es: explicar si es una primera novela (decimos opera prima, que es más pedante y estúpido y, claramente, queda mejor), si es parte de una saga, si se encuadra en el género negro, si este género está de moda (decimos en boga. Más elegante.), si la autora ha vuelto a hablar de temas sociales como es costumbre en su narrativa, etc. Y, finalmente, debemos dar el consejo de si creemos, una vez más, desde nuestro punto de vista, si al lector de la reseña le puede interesar leer el libro en cuestión. Como no sabemos quién lee nuestra reseña debemos intentar definir a quién va dirigida la obra: «para los amantes de la fantasía…», «si te ha gustado su anterior novela esta…», «no decepciona a los seguidores de las desventuras de la protagonista», «si te gustó Harry Potter, ya te digo que Guerra y Paz no se le parece en nada. En nada, repito, en na-da. Spoiler: todos los personajes son Muggles».

Las reseñas (si eres crítico, esto lo que tú llamas las críticas literarias, presta atención) se publican en revistas culturales que se venden en quioscos en el medio de la calle, donde los perritos hacen sus cosas, junto al Diez minutos y Playboy, y en suplementos culturales de periódicos. Un suplemento cultural es un conjunto de hojas grapadas (nada indica calidad y seriedad como las grapas), como un fanzine hecho por niños pequeños, y que va metido dentro de un periódico; para conseguir así que la gente se lo lleve a casa. Hubo una época, en algunos casos aún es así, en la que no podías comprar un diario sin el suplemento de ese día.

Comparemos estos medios (los suplementos son más bien solo medio-medios) de comunicación con las revistas de crítica literaria que se suelen encontrar solo en las bibliotecas de las universidades.

Las reseñas también se hacen en medios digitales en Internet, en blogs y revistas, junto al diezminutos.es y playboy.com (solo que, al contrario de lo que mi abuela cree «¿cuando se entra en Internet por dónde queda el Lecturas?» es más difícil verlas juntas). La diferencia de estas reseñas es que son malas, porque están en Internet, no en un periódico. Perdón, no en un suplemento que va con un periódico algunas veces al mes.

Esto no quiere decir que todos los críticos de revistas y suplementos están perdidos. Solo la gran mayoría. No parecen entender que su labor es un poquitín menos importante de lo que ellos creen. Reseñar en algo que dan con el periódico, o en una revista literaria de doce números al año, teniendo en cuanta que según las encuestas, las reseñas en papel son la cuarta ayuda para los lectores a la hora de escoger un libro (por detrás de la temática, la autora y los consejos de amigos y familiares) debería de ser una actividad que, en un principio, debería sonar menos rimbombante.

De ahí que haya tanto debate sobre el valor de la crítica hoy en día. La Unesco estima que cada cinco minutos hay una mesa redonda en alguna parte de occidente sobre el valor actual de la crítica; y cada tres sobre el valor de la crítica actual. Y esto es verdad científica.

No solo creen que están haciendo crítica profunda sobre las obras (normalmente tiene un hueco para escribir reseñas de entre 400-700 palabras, y si no se puede hacer un verdadero análisis profundo y necesario de una obra en una media de 400 palabras, es que no hay esperanza para la humanidad y tú, que lees esto, no te enteras de nada y punto. [punto]), el otro problema es que como creen que hacen crítica pueden hablar de lo que les dé la gana y no hacer una verdadera reseña; y así leemos todas las semanas reseñas que nos dejan claro que el crítico ha recibido los comentarios pertinentes de su familia por la reseña: «¡Ay pero qué listo es mi Paco!» pero al lector no le queda claro si leer el libro reseñado o no.
Cuando en una reseña de cinco párrafos dedican uno entero a decir cosas como: «construcciones pronominales incorrectas (“cuándo se dignará de nuevo a recorrer las calles”, p. 162).» nos planteamos preguntas como «¿pero me lo leo a pesar de esto o no?», «¿para qué me da el número de página?, ¿por si creo que me miente?», «¿le miré la fecha de caducidad al yogur antes de tirar la tapa?»; o cuando nos dicen que «el autor vuelve a suscitar las mismas dudas que en sus anteriores escritos», pero no nos dicen qué dudas o si debemos leernos sus otros libros antes de leer este, es que esto no es una reseña.

La maquinaria de reseñas tradicional, o como la conocerás ya, la crítica de las grapas, lleva años (pre)ocupada con las reseñas en Internet; para ser más exactos, con la gente que reseña en Internet; no parece preocuparle tanto cómo se reseña que quién está reseñando, llegando al punto de que parece más un ataque personal continuo al medio y las personas reseñadoras que a la calidad de las reseñas. Paneles, conferencias, debates suelen enfrentar (cuando hay personal de ambos mundos presente, que no es las muchas veces) a críticos de papel con críticos digitales.

Dos citas de Dario Villanueva, reseñador y crítico papelero:  «el crítico [reseñador] que no reacciona ante la obra como un lector genuino se parecerá más a un burócrata», «maldita la falta que les hacen [a los reseñadores no graperos] tantos conocimientos académicos si sus lecturas son atinadas y competentes.»

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